Casa de té en Gaiman

Tomando el té en Gales… digo, ¡en Gaiman!

El sábado pasado emprendí, junto a mi compañero de viajes habitual (mi novio, je), un breve viaje al sur del país: la célebre y conocida región de la Patagonia. Si bien me encanta viajar adónde sea, este viaje en realidad era una visita. Mi amiga Leticia se fue a vivir hace unos meses a la ciudad de Trelew, provincia de Chubuty era mi primera visita a su ciudad. Ya hablaré del viaje en general, pero ahora quiero contarles sobre esta famosa tradición galesa que se lleva a cabo en la ciudad de Gaiman.

El té galés es una costumbre familiar de dicha ciudad, promovida por la gran cantidad de galeses que habitan allí desde su llegada en 1865. Gaiman es una ciudad pequeña, un pueblo diría yo, sin ánimos de ofender. Para quien viene de “la gran ciudad”, cualquier “pequeña ciudad” parece un pueblo. No tiene grandes edificios, el tiempo se detiene a la hora de la siesta, los negocios cierran al mediodía y vuelven a abrir a las cinco de la tarde, algunas calles de las que vimos son de tierra… Y en un día de lluvia como aquél sábado, la tierra se convertía en un denso y espeso barro imposible de esquivar.

Casa de te

Té para tres… digo, para cuatro!

En menos de media hora, el recorrido de Trelew hasta Gaiman en plena lluvia se vuelve una excusa para cerrar los ojos por un rato y dejarse llevar por el silencio. Unos 15 kilíometros de paisajes áridos y un pequeño valle escondido entre la estepa patagónica. La lluvia le da un poco de tregua al clima seco de la zona pero los vientos fuertes no ceden.

Bienvenidos a Gaiman, tierra del té galés. Nos bajamos del bus (micro) en la plaza principal cuyo nombre no recuerdo (o tal vez nunca lo supe), hicimos una cuadra hasta llegar al río Chubut y luego doblamos hacia la derecha. Íbamos sin rumbo fijo, buscando la casa de té que pareciera menos cara. “No vayamos a la que fue Lady Di, esa sí es cara”, nos advirtió Leticia, que también había traído a su novio Francisco.

La lluvia no nos dejaba caminar. Si bien no era fuerte, molestaba bastante y nos daba mucho frío. Finalmente, entramos a una casa de té llamada Ty Cymraeg (Casa Galesa), ubicada sobre la calle Matthews.

El ambiente era extraño, no sólo por la solemnidad que representaba el acto de “ir a tomar el té” sino que todo el ambiente galés me era completamente ajeno: carteles y cuadros escritos en galés, símbolos de dicha cultura desconocidos para mí, una decoración sumamente tradicional, entre otras cosas. Otro factor que nos impactó fue la temperatura del lugar. Si bien hacía un poco de frío, no era saludable tener la calefacción encendida en verano como tenían en esta casa de té (no hacían menos de 12 ° C). Tuvimos que pedirle a la camarera que la bajara un poco, ya que nos faltaba el aire.

Si todavía no nos recuperábamos del shock de temperatura, el precio nos terminó de impactar. Sabíamos que no era barato tomar el té, pero la no-módica-suma de ARS$ 90 por cabeza (alrededor de USD$ 18) era bastante para una merienda. A ese precio, tenía que ser un té excelente.

Pronto llegó la tetera con “bufandita” (una especie de protección hecha en lana para que el té se mantenga caliente) y tres platos, uno con pan casero untado con manteca y los otros dos con pequeñísimas porciones de tortas cortadas en cuadraditos. “Ok, no son grandes porciones, ya traerán más platos”, pensé. Eso no sucedió, era todo lo que nos servirían. Mi amiga Leticia repetía que “no es común que te sirvan el pan con la manteca ya untada”. Ella era la más experimentada de los cuatro en cuanto al té galés.

¿Qué nos sirvieron? La famosa y decepcionante “torta galesa” (no me gustó mucho), una tarta de frutillas exquisita, lemon pie, tarta de manzana, torta de crema, torta de nueces con coco y alguna otra que no recuerdo. Además, había scons y mermeladas para servirse junto al pan. Debo decir que las porciones no eran generosas: no sólo los cuadraditos eran pequeños sino que servían uno por persona. 

¿Qué decir de la música? Cuando llegamos, se podía escuchar un coro eclesiástico cantando en galés. No era precisamente mi idea de “tomar el té”. El novio de mi amiga hizo algunos chistes sobre la música y unos minutos después ya la habían cambiando por música “más moderna”. Gracias a Dios.

Bastante decepcionados por la calidad y cantidad, decidimos partir de la casa de té. Pagamos la cuenta y esperamos a que la camarera nos envolviera para llevar las porciones de torta que habían sobrado. Según mi amiga Leticia (y yo sabía que así era), las casas de té le entregan a los clientes todo aquello que no comieron. Es la costumbre general, aunque no parecía ser la costumbre en este lugar. A mí me daba vergüenza preguntarle a la chica si podíamos llevarnos “las sobras”, pero rápidamente el novio de mi amiga le pidió a la camarera que nos envolviera lo que había sobrado.

Y así nos fuimos, con el pequeño paquete de tortas bajo la lluvia, a tomar el bus hacia Trelew. Aprendí que la visita a Gaiman solamente se ve justificada por un buen té galés. No fue nuestra experiencia esta vez pero tendremos que volver y probar por segunda vez ese manjar que, según algunos, es inolvidable. ¿Y ustedes, probaron el té galés?

 

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