Nair Felis Rodriguez en Iguazú

Por primera vez

Debido a que éste es el primer post de los que -espero- vendrán, me pareció una buena idea comenzar con una anécdota persona sobre la primera vez que hice algo. Y, en este caso, se me vino a la mente la primera vez que viajé en avión.

Tal vez, muchas personas estén familiarizadas con los aviones desde pequeñas. No era mi caso en aquél entonces. No por miedo sino porque nunca antes había considerado la posibilidad de subirme a un avión.

Pero mejor comienzo con la anécdota propiamente dicha. Acababa de cumplir 24 años el día anterior. Fue una especie de viaje “de cumpleaños” durante un fin de semana con mi novio. Hacía dos meses que estábamos juntos, y para festejar nos fuimos de viaje, ya que a él también le encanta viajar.

Nos despertamos muy temprano para no perder el vuelo. Medio dormidos, juntamos nuestras pertenencias (no muchas, una mochila cada uno) para disfrutar del hermoso viaje a Puerto Iguazú, Misiones. Estaba muy emocionada, y algo nerviosa -para qué negarlo- de viajar en avión. Iba a realizar dos cosas por primera vez: subirme a un avión y viajar con mi novio, dos experiencias que luego se convertirían en costumbre.

Llegamos al Aeroparque Jorge Newbery, donde rápidamente realizamos el check-in. Debo admitir que no sabía cómo checkearme, no sabía para donde ir, no entendía nada. La gente iba y venía, toda apurada, nerviosa, preguntando por su vuelo, por el mostrador, por la puerta de embarque. Enormes y pequeñas valijas eran arrastradas de un lugar a otro por gente que iba y venía vaya uno a saber dónde.

Mi novio, más experimentado que yo en el tema “aeropuertos”, hizo todo por mí. Además de no entender nada, me encontraba muy resfriada ese día. Era mediados de mayo, así que los días de frío ya habían comenzado. Sin embargo, las ganas de viajar me habían hecho olvidar del resfrío.

Por fin, luego de habernos tomado un café bastante caro (luego descrubriría que todo es caro en los aeropuertos), embarcamos en el vuelo que, en menos de dos horas, nos dejaría en Puerto Iguazú. Por si no lo saben, allí se pueden visitar las famosas Cataratas del Iguazú, una de las reservas  de agua más importantes del mundo.

No obstante, el viaje no fue todo “color de rosa”. Estaba tan resfriada que, con la presurización del avión, se me taparon los oídos. Quedé temporalmente sorda durante el lapso del trayecto. Me asusté, entré en pánico. Mi primera experiencia en un avión no estaba siendo gratificante.

Con el correr de las horas, fui recuperando la audición en ambos oídos, aunque mi resfrío empeoraba más y más. Al día siguiente, cuando visitamos las tan ansiadas Cataratas, me empapé toda y fui de mal en peor. No sólo me mojé con el agua que salpicaba al caer en los paseos, sino que encima llovía.

Al momento de volverme a subir al avión, ya no daba más. Creo que tuve fiebre en algún momento, o me sentía tan mal que lo imaginé. La vuelta fue el toque final para mi sordera: me volví a quedar sorda. Mi novio intentaba calmarme pero yo no me tranquilizaba. “Se te va a pasar con las horas”, me decía. Sin embargo, no pasó.

Estuve resfriada y sorda por días. Creía que se me iba a pasar solo y me dejé estar, pero luego de dos o tres días, fui al médico. Me dijo que tenía el canal auditivo inflamado (o algo así, no soy muy buena para retener información médica) y que se me iba a pasar solo con el correr de los días.

Finalmente, una semana después, mi audición volvió a ser completamente normal. Tuve momentos de desesperación al no poder oír, incluso de llanto, pero debo rescatar que nunca me volvió a pasar nada similar en un avión. Incluso ahora hasta me duermo gran parte del vuelo. Fue una mala experiencia en el aire, lo sé, aunque después vinieron otras mucho mejores.

¡Así que no teman! Subirse por primera vez a un avión puede conllevar muchos miedos y traumas, pero seguramente no les pase esto… a menos que viajen resfriados como yo.

Tren ecológico dentro del Parque Cataratas del Iguazú

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