Coliseo romano: las huellas de un pasado que no volverá (pero que sigue en pie)

No me sentí rara en Roma hasta ver el Coliseo. Pero, ¿cómo me voy a extrañar ante uno de los monumentos más importantes de la Ciudad Eterna?

Para mí, es simple de explicar: no hay muchas diferencias culturales entre italianos y argentinos, teniendo en cuenta que gran parte de la inmigración que llegó a mi país durante el siglo XX provenía de la golpeada Italia. Lo que me sorprendió del Coliseo, en realidad, es que delata la existencia de otra época: un tiempo muy muy lejano, donde la tecnología de hoy no era ni siquiera un sueño, donde la cultura y la sociedad romanas eran distintas, una época pre-moderna.

coliseo de noche

El Coliseo de noche

Esto puede parecer evidente para muchas personas que me dirán: “Pues claro que el Coliseo es de otra época, ¿qué esperabas?”. No esperaba otra cosa, creo. El asunto es que, por ejemplo, al salir del metro te encontras con… esa mole gigante de piedra, ese mega-estadio donde la sangre corría sin cesar hace siglos… ¿No es asombroso que dicha edificación se mantenga en pie mientras la Roma moderna no descansa? 

Y eso me hizo pensar mucho en la historia. Roma tiene incansables siglos de historia tras sus pasos, por algo la llaman la Ciudad Eterna. Es como si uno lo entendiera ahí, en ese momento en el que estás de pie frente a tremenda mole de piedra, sintiéndote tan insignificante como una pequeña vida frente a la Eternidad.

Colosseum: la palabra me remite a “coloso”, que significa grande, imponente. Su nombre no fue elegido al azar, por supuesto. Al principio, se lo llamaba Anfiteatro Flavio, en honor a la Dinastía Flavia, una sucesión de tres emperadores que gobernaron Roma durante 27 años seguidos (Vespasiano, Tito y Domiciano). El nombre de Coliseo provino de una estatua no conservada en la actualidad, que se llamaba “Coloso de Nerón”.

Este monumento, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980, es uno de los más famosos de la antigüedad clásica debido a que se conserva bastante bien a pesar de sus casi 2000 años de edad. Su construcción se inició durante el gobierno de Vespasiano, entre el año 70 y 72 d. C, en el lugar donde Nerón había erigido la Domus Aurea (que significa “Casa de oro”), su grandiosa residencia con laguna artificial y jardines ostentosos. Ese palacio fue destruido en gran parte durante el reinado de Vespasiano; la laguna se rellenó y parte de la tierra se utilizó para construir el Anfiteatro Flavio, literalmente ubicado en el corazón de Roma.

¿A qué fines servía el Coliseo? Podríamos decir, superficialmente, al “entretenimiento” del pueblo y las clases altas de la sociedad romana. ¿Cómo? Con peleas de animales, ejecuciones de prisioneros y luchas de gladiadores. ¿Recuerdan la película de Ridley Scott titulada Gladiator? En ella se relataban este tipo de atracciones que divertían a diversos sectores sociales de la Antigua Roma. Aunque no la vi, también la serie Spartacus trata el mismo tema.

También se celebraban naumachiae, enormes batallas navales que requerían inundar la arena de agua, probablemente antes de que se construyeran los túneles subterráneos que se ven al descubierto hoy en día. Al parecer, el Coliseo poseía un sistema de drenaje muy rápido que permitía llenar y vaciar la arena en un tiempo ínfimo.

El edificio es, tanto antes como ahora, un show en sí mismo. De hecho, es el anfiteatro más grande, no sólo de Roma, sino del mundo entero. Se desconoce quién fue el arquitecto que lo ideó y, como la mayoría de las obras romanas, fue erigido para glorificar a los emperadores.

Tras la muerte de Vespasiano en el año 79 d. C., el Coliseo contaba con tres pisos completos. El hijo del emperador, Tito, completó el último piso e inauguró el anfiteatro un año después. Más adelante, cuando Domiciano -el hijo menor de Vespasiano- llegó al poder, se construyó el hipogeo, una serie de túneles bajo la arena que se empleaban para alojar animales y esclavos. También añadió una galería superior para aumentar la capacidad del Coliseo.

Desde el siglo III al VI, el Anfiteatro Flavio fue restaurado en incontables oportunidades luego de incendios y terremotos que lo dañaban una y otra vez. Luego de ese período, las peleas de gladiadores y de animales dejaron de realizarse.

Con la llegada de la Edad Media, el Coliseo sufrió numerosos cambios: se construyó una pequeña iglesia en su interior, la arena se convirtió en un cementerio, sirvió como refugio y albergó varias fábricas. De hecho, se pueden ver hoy en día varios símbolos religiosos como cruces que atestiguan la presencia de la Iglesia Católica en el edificio durante siglos.

coliseo de día

Coliseo

Ya en la Edad Moderna, se lo utilizó como recurso de piedras, ya que las utilizaban con diversos propósitos. Esto fue así hasta 1749, año en que el Papa Benedicto XIV consagró el monumento como lugar sagrado en honor a los mártires que habían muerto allí.

Volviendo al presente, creo que todos podemos coincidir en que el Coliseo es uno de los iconos de la Roma contemporánea. ¿No es raro que lo sea un edificio de hace casi dos mil años? Miles de turistas llegan a la capital italiana y lo visitan, tal vez sin recordar que, según se estima, allí murieron más de dos mil gladiadores.

¿Qué sentirán todos aquellos que conocen el Coliseo por primera vez? ¿Sentirán escalofríos al pensar en la muerte que acechaba a aquellos hombres y animales cuyo destino no era nada promisorio? ¿Se darán cuenta que, de esa forma, son parte del público que año tras año celebraba festivales de sangre y violencia? ¿Nos damos cuenta de eso?

Por mi parte, puedo decir que no es fácil ignorar todo eso cuando, al pisar el suelo de sus tribunas, me siento parte de un público que, estando en el presente, se sitúa luego de dos mil años para continuar asistiendo al mismo espectáculo. El tiempo ha pasado pero el Coliseo sigue en pie. Tal vez sea como indica el refrán:

“Mientras exista el Coliseo, existirá Roma; cuando caiga el Coliseo, caerá también Roma; y cuando caiga Roma, caerá también el mundo”.

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